Nuestra historia empezó mal, Fernando

Reconozco que no empezamos bien tú y yo. Recuerdo que la tremenda ilusión que le hacía a un fuenlabreño de 14 años ver cómo alguien de su ciudad, que perfectamente podría ser parte de su cuadrilla de amigos, llegaba al primer equipo del Atleti, en aquella situación tan delicada y como único clavo ardiente al que agarrarnos para salir de ese infierno que se alargó más de lo esperado, tardó pocas semanas en esfumarse. Tan pronto como la prensa empezó a hacerse eco de que tu llegada iba a suponer la jubilación anticipada del mayor ídolo de mi tierna infancia colchonera, Kiko, tan pronto como comprendí la certeza de que aquello era tan inevitable como irremediable.

A pesar de que siempre te animé y  de que durante años fuiste el único y solitario haz de luz que iluminaba las grises tardes del Vicente Calderón (nunca pensé que llegaría a echarlas de menos), siempre hubo en mí una lucha interna, absurda y adolescente, por “lo de Kiko”, esa sensación de que del amor al odio sólo hay un paso y que incluso en ocasiones me llevó a sentirme mal al celebrar tus primeros goles creyendo que traicionaba mis principios (lo que decía, pensamientos absurdos de un chalado adolescente). Por suerte, los casi 100 goles de tu primera etapa ayudaron a que, el que estas sinceras líneas escribe, entrase en razón y dejase atrás  ese radical fervor juvenil que nos impide salir de la utópica realidad que construimos en nuestra cabeza para coronarte en lo más alto de mi altar personal de ídolos colchoneros. No más arriba que el jerezano, pero sí a su lado. Maduré hasta tal punto que  te perdoné  e incluso comprendí que nos rompieras el corazón aquel interminable verano de 2006. Al fin y al cabo, tú fuiste más valiente que todos los demás al ser consciente de que en aquel momento, y por más doloroso que resultase, nuestros caminos debían separarse.

Y por extraño que parezca, cuanto más te alejaste de nosotros, de mí, más aprendí a quererte mejor. Incomprensiblemente, no sentí celos de que te convirtieras en ídolo de otra grada, ni de que tus mayores éxitos deportivos llegaran con un escudo diferente en tu pecho. De hecho, vibré, gocé, salté y hasta me emocioné con tus hazañas a miles de kilómetros del Manzanares. Y si lo hice, fue porque siempre, SIEMPRE, fuiste nuestra imagen, nuestra bandera y nuestra voz en cualquier rincón del mundo. Tu orgullo y amor por el rojo y el blanco te llevó a acordarte de todos nosotros en los momentos más felices de tu carrera, a hacer nuestros tus éxitos en una época en la que teníamos que conformarnos con ver las finales por la tele. Y eso, querido Fernando, nunca, jamás, lo olvidaré.

Tu regreso me recordó de nuevo aquellas sensaciones agridulces de nuestros inicios. Por un lado, la felicidad desbordante de ver a un hijo, a un hermano, a un amigo, a uno de nosotros, volver; por el otro, el dolor de saber que nuestros corazones volverían a encogerse ante la que tarde o temprano  debería ser una nueva despedida, para siempre en esta ocasión.

Por eso, ahora que nuestros caminos se bifurcan para no volver a encontrarse nunca más, ahora que ambos pasamos de la treintena y sabemos lo que es el amor, el de verdad, necesito confesarme y pedirte perdón por no haberte querido como siempre mereciste.

Gracias por haberme enseñado tanto, Fernando. Y no me refiero al fútbol, sino a la vida.

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