Esa mirada cómplice entre Diego y Antoine

Acorralado, encorsetado y hasta con cierta sensación de claustrofobia. Así estaba viviendo Antoine Griezmann la primera y decepcionante parte de su cuarta temporada como jugador del Atlético de Madrid ante la falta de un nueve de referencia de plenas garantías que lo liberase de la “obligación” del gol para hacer ese fútbol alegre y desenfadado que nos regala el galo cada vez que campa a sus anchas por la zona de 3/4 del campo rival.

No hacía falta ser un gran experto en táctica para intuir que, con el regreso de Diego Costa, el nivel del francés aumentaría varios enteros, pero quizás pocos podían imaginar, tras los convulsos últimos meses en el plano extra deportivo e incluso con cierta desidia sobre el césped en lo deportivo, una versión tan descomunal y desatada de Griezmann en los que se presumían iban a ser sus últimos meses vistiendo la casaca rojiblanca.

¿Qué ha ocurrido, más allá de la variante táctica que ofrece el hispano brasileño, para que se produzca semejante transformación? Lo que ha sucedido, es lo que me permitiré bautizar como “Efecto FIFA”. Lejos de lo que algunos barruntaban en cuanto al posible conflicto de roles y egos dentro del vestuario que se podría haber producido a la hora de determinar quién es la estrella o el líder de este equipo, la relación tanto fuera como dentro del verde entre Costa y Griezmann está alcanzando valores cercanos al 99 sobre 100 en el parámetro QUÍMICA. No hay más que verlos jugar para comprender que la conexión entre ambos es total, se buscan constantemente, se distribuyen los espacios, se coordinan en la presión, se asisten de cara a gol…

Y lo más importante, se sonríen el uno al otro. En la goleada al Leganés, cuando Antoine ya había conseguido su segundo triplete consecutivo de la temporada, hubo una jugada en la que Costa controló en el área un balón con el pecho que posteriormente se jugó buscando de forma fallida el gol cuando podría haber asistido al “Principito”. Acto seguido, la realización en un plano maravilloso, captó la reacción de ambos en una instantánea genial: en unas milésimas de segundo, sus miradas se buscaron y se encontraron en un gesto cómplice en la inmensidad del Metropolitano para, sin necesidad de mediar palabra, entablar un fugaz diálogo:

-Diego Costa: “perdóname, Antoine, te la tenía que haber dado.

-Griezmann: “tranqulo, Diego, ojalá puedas tú también marcar hoy”.

Y acto seguido, esa sonrisa traviesa de dos jugones, de dos amigos que en apenas dos meses han forjado una conexión que promete muchas alegrías a la parroquia colchonera.

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