Enero 2016.

Con esa sensación de arena en la garganta, el nudo en la boca del estómago y con el vidrio apoderándose de los ojos. Sólo así, a duras penas, soy capaz de arrancar a escribir estas líneas en homenaje a uno de los mayores talentos que jamás nos regaló el mundo del fútbol: Juan Carlos Valerón.

Con tu sonrisa eterna, la misma que provocas en los espectadores cada vez que el balón tiene la suerte de entrar en contacto con tus pies, enseñaste que en este deporte no hace falta ser díscolo, ni ostentar o alardear para ser una estrella. Con la humildad y la sencillez por bandera, la cercanía en el trato y la estela de ser humano excepcional que destilas, te convertiste en un ejemplo a seguir para niños, adultos y ancianos.

Y sobre el césped, la magia. De tus botas, siempre lo excepcional, lo inimaginable, inalcanzable para el resto de los mortales. La capacidad infinita de construir ilusiones, con el recorte inesperado, el pase imposible diseñado por una mente privilegiada, tantos delanteros eternamente agradecidos por incontables goles regalados con magistrales asistencias.

Por eso, cada vez que te veo sobre el verde, una extraña nostalgia invade mis sentidos. A la felicidad de poder disfrutar, una vez más, de tu trote desgarbado y carismático, se une la melancolía de la certeza de que esta historia toca a su fin, que la alegría muy pronto tornará en tristeza, que las sonrisas abrirán paso a las lágrimas con tu tan próxima despedida.

Porque, cuando al final de esta campaña des tu último pase, contigo no sólo se irá una de las figuras más admiradas y apreciadas de este país. Contigo se irá el último representante de una especie en extinción, el único superviviente de esa raza que expira, la de los que para el fútbol no es más que eso: jugar. Y jugar haciendo disfrutar a lo demás.

Disfrutemos de estos últimos instantes de algo irrepetible. Valerón, El Flaco, es el último gran mago.