Resulta increíble comprobar como a miles de kilómetros de tu hogar, ese maravilloso deporte que con tanta pasión honró nuestro eterno y amado Trifon Ivanov puede ejercer como nexo entre personas de procedencias y culturas tan radicalmente opuestas.

Y es que, durante mi reciente viaje a Vietnam, fui testigo de cómo el fútbol surgía de manera espontánea entre las gentes de allí, a modo de excusa, para entablar conversación y amistad contigo, sin apenas importar la tremenda barrera idiomática que nos separaba. En su afán de conocerte, de hacer sentir a gusto al viajero tan lejos de su entorno habitual y de saber más sobre lo que rodea a aquel que ha recorrido medio mundo para visitar su país, son capaces de tirarse a la piscina con el Felnando TorreJavi o Casilla de turno, acompañado de una infinita sonrisa. Evidentemente, de ahí solo pueden surgir conversaciones fantásticamente absurdas que se le quedan a uno grabadas a fuego para el resto de su vida.

Reflexionando más profunda y pausadamente, ya de vuelta en España, llegué a la conclusión de que no existe en todo el planeta un tema de interés común tan eficaz como el fútbol para iniciar un primer contacto con cualquier semejante, y sentí verdadera lástima por aquellos ignorantes que, orgullosos, se atreven a afirmar que el fútbol no es más que veintidós tíos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota.

El fútbol es el mayor fenómeno social a nivel mundial, un idioma universal capaz de superar todos los obstáculos imaginables para conectarnos con cualquier habitante del planeta, desde la taberna más antigua y castiza de la Latina en Madrid hasta el más humilde y estrafalario local de Pho Ga (nuddles con pollo) del caótico Barrio Antiguo de Hanoi.

Cómo no vamos a amar al fútbol, si gracias a él podemos tener siete millones de amigos.