Brasileños en La Liga de los ’90: Ronaldo

Noviembre 2016.

Te sientas cómodamente delante de la computadora, tecleas y en cuestión de segundos puedes acceder a millones de fuentes de información para conocer al detalle a la última promesa futbolística surgida en el lugar más recóndito del planeta. Tan sencillo, que resulta bastante complejo comprender que hasta hace no demasiado, para los que crecimos durante la década de los 90, Internet era una palabra que nos sonaba a chino. Imaginen que, cada verano, los jóvenes apenas disponíamos de las escasas revistas que se hacían eco del fútbol internacional, las contadas apariciones en televisión de Julio Maldonado “Maldini” con sus famosas parabólicas para mostrarnos goles lejanos, el PC Fútbol que tantas horas nos retuvo delante de la pantalla del ordenador e incluso los álbumes de cromos de la nueva temporada como precarios e incompletos medios de información para conocer a los nuevos futbolistas que iban a aterrizar en la Liga española.

Sin embargo, dentro de este enrevesado contexto, algunos descubrimos un método prácticamente infalible para detectar previamente si el futbolista en cuestión iba a triunfar: si provenía de la tierra de la samba y la caipirinha, el porcentaje de éxito se elevaba hasta cifras que rozaban el 100%.

Y sobre este surrealista escenario, apareció en el caluroso verano de 1996 un tal Ronaldo Nazario con su figura alegre y desgarbada en nuestras vidas para quedarse por siempre en nuestro recuerdo futbolístico. Su fichaje por el FC Barcelona fue especial por varios motivos: los 2.500 Millones de pesetas (15M€) que Núñez pagó al PSV en concepto de traspaso fueron el pistoletazo de salida para un mercado de transferencias que a partir de entonces y hasta nuestros propios días se ha vuelto loco. Pero además, a Ronaldo se le fichó para liderar y ser la cabeza visible del primer Barça post Cruyff, palabras mayores en la Ciudad Condal.

“Ronaldo era mi héroe, adoraba ver jugar a Zidane, Ronaldinho y Rivaldo, pero Ronaldo fue el mejor atacante que vi en mi vida”, Messi en declaraciones a la revista británica Four-Four-Two

No obstante, el chico que por aquel entonces apenas tenía 19 años pero que ya venía de haber levantado la Copa del Mundo y de anotar 54 goles en 57 partidos en Eindhoven, aceptó un reto que acabó superando con matrícula de honor. La carta de presentación del joven brasileño no pudo ser más espectacular y en su debut en la Supercopa de España ante el Atlético de Madrid maravilló con un fantástico doblete y un antológico regate para el que las leyes de la física hoy todavía siguen sin haber encontrado una explicación lógica.

Un simple aperitivo del brutal espectáculo que “O Fenomeno” iba a brindar durante aquel fantástico año. Supercopa, Copa del Rey, Recopa de Europa, Pichichi, Bota de Oro… el brasileño coleccionó galardones sin cesar, pero simplificar lo ocurrido durante la campaña 1996/97 a un puñado de títulos y datos estadísticos sería muy injusto. A todos los que tuvimos la fortuna de disfrutar de su magia, Ronaldo Nazario nos abrió una puerta hacia un juego jamás visto hasta aquel momento, un fútbol que combinaba de forma armoniosamente deliciosa un talento sobrenatural con una potencia descomunal para abusar de los rivales a un nivel casi denigrante para defensas y porteros contrarios. Las inverosímiles obras de arte ante Compostela y Valencia no son más que un eterno ejemplo de ello.

Desgraciadamente para los aficionados españoles, los cantos de sirena provenientes de Milán arrebataron de La Liga al futbolista que mejor encarnaba aquellos sueños que ni siquiera los jóvenes nos atrevíamos a soñar. Su marcha dejó un vacío carismático-futbolístico tan inmenso que sólo su regreso, 5 años después al Real Madrid, pudo paliar el enorme poso agridulce que dejó el haber podido disfrutar apenas un único año de sus maravillosas virtudes.

En el Santiago Bernabéu contemplamos la versión 2.0 de Ronaldo: su caída desde el Olimpo hasta el infierno de las lesiones y posterior resurrección, obligaron al carioca a reinventarse. Su físico había perdido gran parte de la explosividad que lo convirtió en imparable y su área de influencia pasó de los últimos 40 metros a los 20 finales. Como un delantero más clásico, aumentó exponencialmente su catálogo de remates para volver a marcar diferencias y seguir dibujando sonrisas como mejor supo siempre: haciendo goles.

A día de hoy, aún a pesar de todos los grandes mega cracks que han pasado desde entonces por el campeonato español, pocos se atreven a arrebatarle la consideración de mejor delantero que jamás vieron en el país ibérico.

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