Brasileños en La Liga de los ’90: Roberto Carlos

Septiembre 2017.

Suelen ser recurrentes las dudas y los debates se convierten en acalorados e intensos cuando uno intenta charlar con amigos para formar un XI histórico con los mejores futbolistas de siempre. Unos apostarán por Casillas en el arco mientras los de al lado clamarán al cielo por Buffon; ¿Messi o Maradona? se preguntarán otros; ¿Qué Ronaldo fue más letal de cara al arco? ¿Pelé o Di Stéfano?… Pero la unanimidad será casi total cuando toque seleccionar la demarcación de mejor lateral izquierdo de todos los tiempos: Roberto Carlos aparecerá en todas las votaciones como una verdad universal y absoluta para cualquier amante de este deporte.

Sin embargo, la llegada del brasileño al fútbol español, el campeonato en el que se vivieron sus mejores años, se produjo de forma muy discreta. Era el verano de 1996 y en las oficinas del Santiago Bernabéu necesitaban dar un golpe de efecto ya que, por primera y única vez en su historia desde la creación de las Competiciones Europeas, el Real Madrid se había quedado fuera de ellas.

Para revertir la situación, le dieron el timón de la nave a un entrenador consagrado como Fabio Capello, y a su disposición le proporcionaron desde la directiva a estrellas rutilantes como los Mijatovic, Suker, Illgner, Seedorf o Panucci. No contento con semejante colección de talento, el técnico transalpino trasladó al presidente una petición personal: quería contar con un diminuto lateral zurdo al que se había enfrentado en la Serie A desconocido para el gran público y que jugaba en el Inter de Milán. Dicho y hecho, en cuestión de horas Roberto Carlos hacía las maletas para aterrizar en la capital de España. Lorenzo Sanz, en una jugada maestra y conocedor de que el futbolista estaba enfrentado al técnico interista Roy Hodgson, se hizo con un diamante en bruto por la irrisoria cantidad de 500 millones de pesetas. Para poner en contexto la cifra, aquel verano el Atlético de Madrid pagó 450 por Esnaider, el F.C. Barcelona 1000 por Giovanni y el Valencia 1.100 por Karpin. Seguramente el fichaje más rentable de la historia para el club merengue. En Milán todavía se tiran de los pelos.

Nada más llegar, Roberto Carlos se ganó un hueco eterno en el corazón de la parroquia madridista. A su especial simpatía y magnético carisma se unió un rendimiento brutal sobre el terreno de juego. Desde el minuto 1 de su primera aparición hasta el 90 del último, 527 encuentros después, él y solo él fue el dueño y señor del carril izquierdo. Por su tremenda potencia y velocidad, cualquiera hubiera jurado que se trataba de un atleta de los 100 metros lisos. Entonces, al contemplar su exquisita técnica para combinar y deshacerse de un rival tras otro en conducción, uno se percataba que estaba disfrutando de un futbolista de muchísimos quilates. Y por si esto fuera poco, su relación con el gol era muy, muy estrecha.

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Roberto Carlos, tres veces campeón de Copa de Europa

En la memoria de todos, las incontables ocasiones en las que las telarañas de las escuadras rivales fueron fulminadas por la violencia de sus zapatazos. Y como no, aquel inolvidable ritual en los tiros libres: balón colocado en el piso con el mimo que se trata a un recién nacido, carrerilla eterna con aquellos inconfundibles pasitos previos de puntillas y ese disparo imposible con el exterior del pie que provocaba efectos imposibles que las leyes de la física aún no han conseguido explicar y que salían propulsados a una velocidad infernal con un único objetivo: destrozar las redes de la portería rival.

Once temporadas fueron las que tuvieron en España para disfrutar (o sufrir, dependiendo del bando) su magia. A lo largo de más de una década el carioca construyó, pegado a la cal, una leyenda aderezada con un palmarés adornado por Ligas, Champions, Intercontinentales y hasta un Mundial. Además, 68 goles y el meritorio record de ser el futbolista extranjero con más partidos en la historia del Real Madrid.

Roberto Carlos, el mejor lateral izquierdo de la historia.

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