Octubre 2015.

Existe una estirpe de futbolistas que, más que profesionales del esférico, son ilusionistas. Viven, se nutren, dependen absolutamente del aplauso del prójimo, la ovación de la tribuna, del arrancar continuamente a la hinchada de la butaca. Su felicidad va ligada a la de esos rostros incrédulos, atónitos ante semejante espectáculo, más cercano a la brujería que a lo puramente humano.

Obsesionados hasta lo enfermizo, siempre buscando nuevas artimañas con las que complacer a un público amante del engaño, el mago no ceja en su empeño para lograr sorprender a lo largo de su actuación, aumentando, in crescendo, el grado de emoción según el recital va consumiendo el minutero.

Sin embargo, como brillantes prestidigitadores, cada número no es más que una burda y simple maniobra de distracción que dirige todas las miradas hacia un lado con la finta, la gambeta, la virguería y el requiebro barroco, escondiendo en el otro el auténtico truco, el truco final.

Y es entonces cuando el clímax acude a la cita, los precios de las entradas se revalorizan y los presentes estallán en un júbilo desmedido. El mago, el genio, desata ese acto difícil de entender e imposible de explicar para fundir en tan sólo un instante fantasía y realidad.

Ese es Nolito.