Noviembre 2015.

Incumplimientos de contrato, problemas con la justicia, acciones antideportivas, desplantes a los aficionados… Cada vez más a menudo, esos personajes venerados e idealizados hasta lo enfermizo a los que llamamos futbolistas, son protagonistas de vergonzantes situaciones, conductas reprobables para personas tan privilegiadas como ellos y que deberían, al contrario, representar modelos ejemplares de comportamiento para la sociedad.

Sin embargo, de forma esporádica, casi como un milagro, aparecen individuos que abogan por la deportividad para regalarnos emocionantes gestos que perduren para siempre en la memoria del amante al fútbol. Como lo que ocurrió en Riazor esta última jornada.

Cuando el Atlético de Madrid parecía con la victoria y el liderato provisional del campeonato en el bolsillo, Lucas Pérez, el chico que jamás da un balón por perdido, se aprovechó de un monumental error de Giménez para lograr el empate y aguar la fiesta de los colchoneros. Los últimos 10 minutos de partido fueron un auténtico calvario para el jovencísimo central uruguayo, lamentando constante y vehementemente la desafortunada acción. Su equipo no consiguió volver a marcar y el pitido final del encuentro desencadenó un inconsolable llanto en el zaguero atlético, sabedor de que la pérdida de esos 2 puntos podría llegar a ser muy decisiva de cara al desenlace del torneo.

Ajenos a toda rivalidad entre aficiones, los futbolistas del Deportivo se acercaron uno a uno hasta el charrúa para tratar de aliviar y calmar el profundo disgusto de un jugador rival, en una muestra de compañerismo y humanidad digna de elogio. Un gesto que acerca a esos seres que parecen intocables al aficionado, al ciudadano de a pie, y que nos recuerda que en algunos casos, debajo de la piel de los futbolistas habita una persona.

Un gesto que engrandece y enorgullece al mundo del fútbol y que, ojalá, se convierta en rutina y deje de ser narrado como algo excepcional y único.