Arda Turán y la pasión turca

Octubre 2015.

Que nadie se permita el lujo de engañarnos. La grandeza de este amado deporte no se encuentra en los trofeos, presupuestos, caños o taconazos. Su grandeza reside en la lucha, el coraje, el no rendirse jamás aún cuando todo parece perdido. Y de eso sabe mucho la selección de Turquía. Pocos combinados en el continente poseen esa capacidad innata para saber sufrir y remar a contracorriente en situaciones límite.

Ayer, el combinado otomano, volvió a regalar una noche épica, mágica a su fiel hinchada consiguiendo la clasificación directa para la Eurocopa 2016 en el minuto 89 del choque que les medía con Islandia. No fue el mejor partido de los hombres de Fatih Terim, que apostó claramente por salir a empatar y jugársela en la repesca. De hecho, la fase de clasificación en general ha dejado mucho que desear por parte de un combinado turco que, durante muchas fases de la misma, parecía que iba a quedar eliminada. Sin embargo, el arreón final, ese empuje desmedido que sacan a relucir y que les caracteriza en los momentos de mayor adversidad, les ha vuelto a salvar cuando todo parecía perdido.

Pero, esta clasificación in extremis, no podría entenderse sin la figura de Arda Turan. El capitán (que ya fuera protagonista de la inolvidable remontada ante República Checa en la Eurocopa de 2008), falto de ritmo competitivo y fuera de forma fruto de la inactividad, se ha echado el equipo a la espalda en este último y decisivo tramo de competición para guiar a toda una nación hacia la ansiada clasificación. Su liderazgo y entrega contagió a una selección que recordó su pasado más cercano para recuperar ese espíritu de superación. El de Bayrampasa puso su magia, talento y clase al servicio del colectivo y, cuando el físico le dijo basta, fueron la pasión y la fe las que le hicieron correr, bregar y luchar hasta la más absoluta extenuación para continuar alimentando el motor de la esperanza turca.

El golazo de Selçuk Inan, cuando el partido moría al filo de la media noche, desató la locura de Arda, de las desenfrenadas e inquebrantables 40.000 almas que abarrotaban el estadio de Konya y de todo un país muy necesitado de las alegrías de su combinado nacional. Supone ya una nueva página escrita con letras de oro en la historia del fútbol de Turquía, una selección abonada al sufrimiento, a la agonía, a la pasión, que estará en Francia y que será uno de los rivales a evitar por todas las grandes.

Quién sabe, con ese espíritu, cualquier cosa puede ocurrir en junio.

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